Frace de la cemana

"Sólo necesito un trozo de papel y útiles para escribir para sacar de quicio al mundo."
Autor: Friedrich Nietzsche.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La sombra sin nombre (Fragmento del libro Memorias de Idhún III)

Hubo una vez una sombra sin nombre. Vagaba por el mundo, sola y confusa. No sabía de dónde venía, ni que era. Ni si había otras sombras cómo ella. Se había perdido.
Había intentado hablar con las otras sombras que proyectaban los objetos, pero eran sombras muertas que no respondían a sus preguntas. ¿No habrá en el mundo nadie cómo yo?, se preguntaba la sombra.
Por un tiempo, deseó ser como aquellas sombras mudas. Cualquier cosa, con tal de escapar de la soledad. Así que le preguntó a una roca si podía ser su sombra. Yo ya tengo mis tres sombras, dijo la roca, no necesito ninguna más. La Sombra Sin Nombre preguntó: ¿Y por qué?
Porque hay tres soles, dijo la roca, y por eso todas las rocas hemos de tener tres sombras. La Sombra Sin Nombre dijo que quizá hubiera otra sombra, solo con dos sombras, o incluso una, y que necesitase una tercera sombra. La roca le recomendó que preguntase al Amo de la Montaña, que conocía todas las rocas del mundo.
La Sombra Sin Nombre buscó al Amo de la Montaña, pero, cando por fin lo encontró, este no fue nada amable con ella. ¿Qué haces aquí?, le preguntó, con una voz terrible que sonaba como cientos de piedras rodando por una ladera. Eres solo una sombra, no puedes dejarte ver bajo los soles. Tu lugar es la obscuridad de la que procedes.
El Amo de la Montaña asustó tanto a la Sombra Sin Nombre que ésta salió huyendo, y no volvió a acercarse a las rocas. Así que continúo su camino. Y un día se atrevió a acercarse a un árbol y preguntarle si podía ser su sombra. No lo sé, dijo el árbol, pues yo ya tengo mis tres sombras, y no sé si el Amo del bosque me permitiría tener una cuarta sombra. La Sombra Sin Nombre fue a ver al Amo del Bosque, pero éste gritó al verla. ¡Vete! ¡Vete! ¡Largo de aquí! ¡No deberías existir!
El Amo del Bosque era terrible y poderoso, y la sombra sin nombre escapó de ahí, y no volvió a acercarse a los árboles.
Pero el tiempo pasaba y La Sombra Sin Nombre estaba cada vez más confusa y perdida. Cómo tenía miedo de las rocas y de los árboles, quiso esconderse en las profundidades del mar, y le pregunto a un pez si podía ser su sombra. No hay muchos peces que tengan sombra, dijo el pez. Solo aquellos que nadan en aguas poco profundas, donde puede llegar la luz de los soles. Pero ellos ya tienen todas sus sombras. La Sombra Sin Nombre fue a ver al Amo del Mar. Y el Amo del Mar se sorprendió mucho cuando la vio. ¡Ah, de modo que estás aquí! Dijo, y quiso encerrar a la Sombra Sin Nombre en una prisión húmeda y oscura. La Sombra Sin Nombre, asustada, huyó de allí, y nunca más volvió a acercarse al mar.
Pensó entonces que podía ser la sombra de un ave. Las sombras de los pájaros son cambiantes y esquivas, parecían tener una personalidad propia, como ella. Así que le preguntó a un pájaro si podía ser su sombra. El pájaro no lo sabía. Ni siquiera se había dado cuenta de que tenía tres sombras. Los pájaros no se fijan mucho en esas cosas. De modo que la Sombra fue a ver al Amo del Viento. Tenía miedo, pero le habían dicho que el Amo del Viento era un tipo simpático. Cuando la vio, el Amo del Viento se burló de ella. ¡Eres tan poca cosa! Le dijo. ¡Solo una sombra, no eres nada, nada importante! ¡Y te has atrevido a presentarte ante mí! Ah, sí, eres muy graciosa… El Amo del Viento siguió riéndose cuando la Sombra se fue de allí. Tampoco volvió a hablar con los pájaros.
Se dijo que los soles eran los responsables de todo aquello. Ellos creaban las sombras de las cosas y habían decidido que solo serían tres. Quizá ellos pudieran darle nombre o decirle de que manera podría ser como las otras sombras.
Pero los soles le dijeron que debía hablar con el Amo de los Soles, el más poderoso y temible de todos. Y la Sombra Sin Nombre se presentó ante él.
Nada más verla, el Amo de los Soles montó en cólera. ¡Basura, basura! ¿Qué estás haciendo aquí? Trató de aplastar a la Sombra con su fuego abrazador, pero la Sombra escapó. Y desde aquel día dejo de salir a la luz de los soles.
Una noche hablo con las Lunas. Las Lunas también producían sombras, no tan nítidas como las sombras diurnas, pero si más bonitas. Las Lunas le dijeron que hablara con el Amo de las Estrellas. La Sombra Sin Nombre estaba cansada, pero no sabía que otra cosa hacer.
El Amo de las Estrellas no le gritó ni la insultó. Se limitó a mirarla y a escucharla. Yo no quiero ser una Sombra Sin Nombre, dijo ella. Si soy la sombra de algo, quiero saber de dónde procedo, y por qué no estoy unida a ese algo, como todas las demás sombras. Ah, dijo el Amo de las Estrellas, ¿No lo entiendes? Eres la Sombra del Amo de la Montaña, eres la Sombra del Amo del Bosque, del Amo del Mar; eres la Sombra del Amo del Viento, del Amo de los Soles y del Amo de las Estrellas. Pero los Amos no debemos tener sombras, y por eso, tú no debes existir.
Y el Amo de las Estrellas brilló con tanta fuerza que su luz estuvo a punto de deshacer a la Sombra Sin Nombre.
Pero ella resistió, y huyó de ahí… y fue a ocultarse en lo más profundo del mundo, lejos de la superficie, en un lugar donde nadie pudiera encontrarla.
Allí quedo un tiempo, sumida en la oscuridad. Hasta que un día se topó con una criatura en uno de los túneles. Era una serpiente.
La Sombra Sin Nombre no había hablado nunca con las serpientes. Reptaban demasiado cerca del suelo como para tener una sombra grande, una sombra en la que valiera la pena fijarse, pero aquella serpiente ni siquiera sabía lo que era una sombra, pues vivía en la oscuridad, como ella, y nunca había visto la luz de los soles. Así la serpiente y la Sombra Sin Nombre se hicieron amigas. Y un día, la Sombra le pregunto a la serpiente si podía ser su sombra. Claro que si, dijo ella, puesto que nunca he tenido una sombra.
Y a partir de entonces, la Sombra Sin Nombre dejó de ser la Sombra Sin Nombre, para convertirse en la Sombra De la Serpiente. Y dice la historia que, cuando la serpiente murió, la Sombra se había hecho tan fuerte a su lado que sigue existiendo, y desde entonces posee la forma de una serpiente, no importa cuántos soles la iluminen, ni a que cuerpos y objetos se acerque...


MEMORIAS DE IDHÚN III (Fragmento)
Por: LAURA GALLEGO GARCÍA

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